About Me

domingo, 9 de octubre de 2011

Blind Fast Love


El día en que la abuela Margheritte comenzó a contarme aquella historia era un día cualquiera. Un día en que no hacía ni frío ni calor, en el que el tiempo se había dividido en la rutina de siempre, incluyendo el acostumbrado grito matinal de Margheritte para liberar las tensiones acumuladas tras el sueño intranquilo que llevaba asentado en sus noches desde hacía más de treinta años.

Cuando la primera palabra que hacía referencia a la historia que surgiría más tarde de sus cuerdas vocales rasgó el aire, yo estaba dando el primer sorbo a mi acostumbrado café recién hecho.

- ¿Te gustan las historias Anette?

- Claro que sí abuela – le respondí un tanto extrañada.

Si no recordaba mal, las conversaciones a esas horas de la mañana se limitaban, desde hacía cinco años, a hablar sobre las plantas que se negaban a crecer en el árido huerto trasero.

- ¿Incluso las historias que acaban mal?

- ¿Mal? ¿Te refieres a si el lobo se hubiera comido a Caperucita y el leñador hubiera muerto de un paro cardíaco?
- No, cariño, no – respondió dejando entrever una línea de dientes blancos perfectos -. Me refiero a la vida real, a historias que han pasado de verdad. A personas que han respirado el mismo aire y pisado el mismo suelo que tú.

- Pues... me supongo que sí, abuela. Sabes que me gustan los dramas – me reí, pero en seguida me di cuenta de que aquello llevaba la palabra seriedad impresa en letras grandes.

- Anette, hace demasiados años que llevo sobre mi espalda esta historia, y está empezando a pesar demasiado. Tu madre nunca quiso escucharme, me decía que ya habría tiempo de sobra en un futuro. Y al final fue tiempo lo que le faltó – el que nombrase a mi madre en aquel momento fue más doloroso que si alguien me hubiese arrancado las entrañas.

Esa era la razón por la que silenciosamente habíamos creado aquella rutina: una barrera que nos protegía del recuerdo de mis padres.

- Anette necesito que tú me des el tiempo que ella no me dio – fue en el momento en que clavé mi mirada en aquellos acuosos ojos grises cuando intuí que por ella no se refería precisamente a mi madre.

- ¿Es una historia tan bonita como cruel? - le pregunté mientras me retrepaba en mi silla y trataba de tragar el nudo que se había creado en mi garganta.

- Tan cruel y bella como la vida – una sonrisa cansada se dibujó en su cara, haciendo que su rostro jovial fuese sustituido por una máscara de cansancio y resignación -. Quiero que tengas en cuenta que todo lo que va a salir de mis labios en tan cierto y real como todo lo que tú has vivido. 

La abuela cerró los ojos durante unos segundos, mientras exhalaba un suspiro. Cuando los volvió a abrir, clavó sus pupilas en las mías, sólo que éstas parecían mirar más allá.

- Hace más de cincuenta años yo era una joven de veinte años que había decidido ver mundo, y pensó que la mejor forma de hacerlo era alistándose en el equipo médico del ejército. Al no tener estudios de enfermería, fui destinada a cuidar a los convalecientes. Mi tarea consistía en leer y entretener a los soldados que estaban en vías de recuperación.

>> Como toda joven soñadora pensaba que allí, en aquel centro médico perdido en un pueblo europeo cualquiera, iba a encontrar el amor, ya fuese en algún paciente extranjero o en alguno de los apuestos médicos que trabajarían allí. Pero qué decepción me llevé cuando, al llegar allí, todos los médicos jóvenes se habían convertido en malhumorados hombres de bata blanca y todos los apuestos soldados se habían transformado en simples cuerpos quemados y vendados que apenas podían susurrar una frase completa. Y así, con mis sueños reducidos a escombros gracias a las bombas que me había lanzado la realidad me dispuse, resignada, a realizar mi trabajo. Y así comenzó mi pequeño infierno; meses y meses en los que el único aire que respiraba estaba cargado de aquel aroma a carne chamuscada, lágrimas y morfina. En los que los únicos sonidos que rompían el silencio eran los gemidos de los heridos y mi propia voz que repetía una y otra vez los mismos párrafos de los mismos libros. Meses en los que sólo podía sentir el frío de la muerte y la incertidumbre del que la espera. Meses de soledad, de tristeza y de expectación, ya que cualquier exhalación de cualquier paciente podía ser la última.

>> Y un día fresco y oscuro de otoño, un día que parecía más gris que cualquier otro, apareció él. Lo trajeron en una silla de ruedas de madera, tan antigua, que parecía que iba a caer destrozada al suelo en cualquier momento. Y lo dejaron ahí, en medio de la estancia, con aquellos mechones oscuros ondulados cayendo, rebeldes y despeinados, sobre la gruesa venda que le cubría gran parte de la cara. Arrastré, una vez más, aquella incómoda silla de metal hasta donde estaba él, abrí aquel libro por la primera página por enésima vez y comencé a leer con voz monótona y pausada las palabras que se extendían ante mí. A los tres segundos oí un carraspeo que me hizo levantar la vista y clavarla en el vendaje que cubría su cara.

- ¿Vas a leerme un libro? - su voz sonaba grave, pero con un trasfondo burlón.

- Así es.
Era la primera vez que un paciente me dirigía la palabra para algo que no estuviese relacionado con el cambio de posición o la petición de un vaso de agua.

- Perdona, pero es que yo soy más de cómics – una sonrisa burlona se dibujó en su rostro mientras yo notaba como la sangre se agolpaba en mis mejillas.





 Para Aarón Barreiro Moreno

jueves, 6 de octubre de 2011

Buscarle el por qué a todo es una pérdida de tiempo,
el mundo es lo suficiente complejo como para que podamos comprenderlo todo.
Sólo déjalo ir. ¿No?