About Me

domingo, 30 de diciembre de 2012

Diarios para S


Veinte de julio


Hacía tiempo que no me sentía tan segura. Tan feliz. Tan yo misma. Estábamos los dos allí, sin tocarnos, en silencio. Recuerdo girar mínimamente la cabeza, lo suficiente como para que la visión que captaba el rabillo de mi ojo, pasara a reflejarse en la mitad de mi iris. 
Se le veía tan relajado, tan cómodo... Y yo solo podía abrazarme las rodillas, enfundadas en unas medias negras que escondían mis piernas poco mimadas por el sol, mientras deseaba que también pudieran esconder la sonrisa tonta que parecía no querer abandonarme jamás. Y tratar de mirar solo la pantalla, a pesar de que se reflejara su cara y solo pudiera fijarme en ella, como único personaje de la película.
Y luego pasamos a tumbarnos en su cama. ¿Sabes lo bien que me sentí en ese momento? Los dos allí, sin tocarnos siquiera. Me enrosqué y él pareció acomodarse a esa posición. Hubo un único momento en el que reuní el valor suficiente para tocarle. Rodeé su muñeca con mis cortos dedos y repasé con el borde de mi uña las líneas de tinta que la decoraban. Siempre me llamó la atención aquel simple trazo que parecía contener algo más que pigmentos negros. Y le pregunté por su historia. Y me respondió; a regañadientes, pero respondió. Siempre supe que era como un cristal blindado, y yo no era más que una semilla de diente de león que alguien había hecho volar hasta allí. Pero tenía que intentarlo. Y logré acercarme un poco más.


Treinta de diciembre

¿Dónde está la felicidad que parecía haberse convertido en mi compañera de por vida? Debe ser que pasé a peor vida, y ella quedó atrás. La perdí para siempre, como cualquier oportunidad para deslizarme por una rendija y conocer la parte oscura de su luna. Pero me queda la memoria. La que hace que aquel momento del verano venga a mi mente como una foto hecha por una polaroid. Y me encanta sacarla a escondidas del álbum de recortes en el que se ha convertido mi cerebro, cuando por las noches me siento triste y sola. Y recorrer una y otra vez las líneas tatuadas de su muñeca, sentir el relieve acariciando las yemas de mis dedos, sus ojos marrones sobre los míos y el polvo de sus recuerdos ordenados en las estanterías acariciando mi nariz. Porque parece que nunca lo volveré a hacer. 
Porque ya no está.
Ni él ni yo.

viernes, 23 de noviembre de 2012

¿Por qué llorar si el cielo sigue sobre mi cabeza y el suelo bajo mis pies?
¿Por qué llorar si el aire sigue corriendo y aún puede entrar en mis pulmones?
Llorar es una necesidad fisiológica, sí, pero por ello no hay que forzarla si no surge.
En definitiva, tú seguirás siendo tú, y yo seguiré siendo los dos.



Todo seguirá igual mientras el cielo y la tierra no se derrumben,
aunque ya empiezo a ver grietas.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Pscht, pscht...

Querer nunca significó amar.
Igual que guerra no significa paz.
Igual que felicidad no significa sufrir.

http://enalgunlugardelespaciotiempo.blogspot.com.es/2012/11/querer-no-significa-amar.html

lunes, 10 de septiembre de 2012


Querida mamá:

Hoy mi diario se ha enfadado.
En parte lo entiendo. Habíamos hecho un trato. Uno de esos que sellas con una lágrima y un poco de tinta azul. Hace tantos años ya… prometí escribir sólo lo que sentía. Sólo lo malo. Lo oscuro. Como mi caja de Pandora. Y releer todo cada vez que la niña que juega al escondite con mi madurez la llevara. Cada vez que a mí me tocara esconderme en un recuerdo que allí había quedado plasmado por su letra irregular. Y hacerlo en uno que doliese, uno en el que le costara encontrarme. Uno que le hiciera caer para levantarse. Como una vacuna contra la debilidad.
Pero mamá, la última vez que me tocó ser la parte que juega con las sombras, algo cambió. Me dio pena; le costó encontrarme. Quizás demasiado. Yo estaba allí, con aquel recuerdo cubriéndome como una capa de invisibilidad, esperando con la mirada ansiosa para verla aparecer con su pelo corto y sus ojos marrones, ver en ellos la misma expresión que los míos. Y lo hizo. Pero fue justo cuando llegó a mí cuando pude ver que aquello había sido demasiado. Yo me había pasado de la raya, aquella que una vez dibujamos con una tiza que encontramos en aquel patio del colegio y que habíamos guardado con tanto recelo. La que escribió con tinta sobre las hojas de dibujos del pequeño álbum de memorias. Había ido a la parte prohibida de nuestra biblioteca de recuerdos y había estado jugando con los libros de la alquimia más peligrosa.
Y me miró, mamá, me miró con sus ojos llenos de lágrimas. Y con dolor. Entonces miré más allá de ellos. Vi el sufrimiento, vi el cansancio. Y yo también lo sentí, ¿sabes? Y decidimos quedarnos las dos allí, acurrucadas una junto a la otra, en un pequeño rincón, dejando que más y más oscuridad cayera sobre nosotras, intentando ignorarla, simplemente abrazándonos la una a la otra. Justo como tú solías hacer conmigo las noches en que ni mi peluche favorito podía ahuyentar las sombras de las pesadillas. Y nos quedamos allí el tiempo que hizo falta. El tiempo que ella necesitó. El que yo necesité. Y es que jugar durante dieciocho años al escondite cansa más de lo que jamás pude imaginar cuando empezamos.
Pero justo entonces, cuando ya nuestros ojos parecían no tener la fuerza suficiente para abrirse de nuevo, cuando habíamos decidido que aquel estado sería permanente, fue cuando algo nos hizo abrirlos. Mamá, era como el primer día de otoño, ese que tanto nos gusta, en el que el frío se mezcla con el cálido de las hojas de otoño, y una especie de felicidad se instala en tu pecho. Eran ellos. Un grupo de personas, que parecían haber aparecido de la nada, de materializarse junto a nosotras. No podría decirte si habían estado allí el tiempo suficiente como para haber visto cómo nuestras ropas se desgastaban, y nuestro ánimo era engullido por las polillas de la desilusión, pero ahí estaban. Y mamá… le dieron fuerza. Se levantó, dejándome ahí, mirando desde las profundidades de nuestro pozo. Le sacaron una sonrisa. Pero no la que yo había visto en nuestras largas horas de juegos en el patio de la memoria. No. Esta era diferente. Era de verdad. Tenías que ver cómo se le iluminó la cara cuando la primera de ellas se acercó y la alzó en brazos como si no pesara nada, mientras su larga melena rizada le hacía cosquillas en las mejillas, enrojeciéndolas. Y cómo después, tras dejarla en el suelo, uno a uno se acercaron los demás. Al principio pensé en tirar de ella, al verla observarlo todo con perplejidad, con lo que pensé que era una pizca de miedo, para huir como siempre habíamos hecho. Pero entonces la escuché. Antes de poder levantar la vista, mis ojos se llenaron de emoción, mamá. El sonido de su risa. Jamás pensé que volvería a oírlo de esa manera. Tan nítida, tan sencilla, tan compleja, tan suya. Como cuando la sentabas en aquella pequeña hamaquita y le hacías carantoñas. Como las fotos que están colgadas en casa de la abuela.
Corrió hacia mí, con sus pequeños pies topeteando el suelo, haciendo que un ritmo alegre resonara en alguna parte de mi mente. Y me tendió la mano. Su pequeña manita aún regordeta, más cálida y segura que nunca. La miré. ¿Y sabes? Por una vez fui yo la que tuvo miedo. Fui yo la que sólo quería volver a refugiarme en el juego del escondite con los recuerdos. La que quería que sus animales de juguete volvieran a hablarle como no lo había hecho jamás ningún amigo. Que su peluche le proporcionara el calor y el cariño que pensó que nunca recibiría de alguien a quien no le unía ningún lazo de sangre. Pero entonces ella frunció el ceño, haciendo que aquella felicidad de su cara desapareciera. Mamá… en ese momento fue como si el miedo nunca hubiera existido. Sólo quería verla sonreír de nuevo. Entonces alguien más me tendió la mano. Unos dedos alargados, una sonrisa de labios finos y unos ojos castaños que fueron para mí desde entonces mi puerto más seguro. Y fue la que me condujo a los demás.
Miré atrás, mamá. Miré cómo ella, con su pelo corto, su mochila del Rey León rebotando contra su espaldita, con mis ojos y mi pequeña sonrisa corría entre los recuerdos. Sin miedo. Casi sin dolor. Y fue deslizando su mano por ellos, como el que hace rebotar sus dedos contra los barrotes de una verja en la calle. Y de cada uno de ellos, salió un compañero de juegos. Unos que estaba segura que sabrían cuidarla. Que sabrían cuidarme.
Hoy mi diario está enfadado, mamá. Porque he cambiado. Porque no soy capaz de dejar de sonreír, porque tengo esa apisonadora de emoción contenida en el pecho. Porque aún siento cada abrazo que me dieron hace apenas unas horas. Aún escucho cada risa y cada sonrisa. Y lloro, sí. Pero es que ahora las lágrimas son mucho menos amargas, más saladas y claras, como el mar que tanto te gusta. Y es que soy feliz, mamá. Quiero gritarlo. ¡SOY FELIZ! Como jamás lo había sido. Y es gracias a ellos. Y es que no sé si puedo agradecérselo, ni cómo. Sé que me dices que me tome las cosas con calma, que soy muy impulsiva con esto de las amistades. Sé que me he hecho daño muchas veces. Pero es que esto es diferente. Lo siento, ¿sabes? Ahí dentro, en el pecho, en los cachetes, en los deditos de los pies; desde la raíz hasta la punta de mis rizos. En los ojos, que ahora mismo no paran de llenar mis mejillas de felicidad líquida en estado puro. Esa que se acaba de diluir con la tinta del bolígrafo, haciendo una nueva promesa. Una que espero no romper jamás.

Mamá, soy yo.
Por fin.



viernes, 20 de julio de 2012

"You'll be always here, right inside where my memory stays, just where my dreams are...
You and I, always one, even hard times can't tear us apart."




Sólo me voy por unos días. 
Y no es que tenga nada de lo que escapar,
es que tengo que irme, contra mi voluntad.


Prometo volver. Lo prometo.

domingo, 24 de junio de 2012

There's nothing to loose.


He aprendido que las corazas con las que nos vestimos no sirven para nada, que a nosotros los humanos, no nos encaja ni el hierro, ni las murallas que intentamos construir. Nuestra armadura de metal, siempre será más débil en alguna parte que otra, siempre tendrá alguna abolladura, y quieras o no, acabará oxidándose y será imposible quitarla, si no, que le pregunten a Robert Fisher. 

Los humanos estamos hechos para ser de carne y hueso, con nuestras debilidades y nuestros puntos fuertes. Los humanos estamos hechos para sentir miedo, y superarlo. 
Estamos hechos para vivir, ¿y de verdad crees que es vida encerrarte?

Los humanos no estamos hechos para soportar una armadura toda la vida, y menos yo.

Vamos, quítate ese peso que llevas encima, y tírate al agua.







Atte.
Irene.

lunes, 11 de junio de 2012

Tengo miedo.



Miedo de haber olvidado cómo juntar las vocales y consonantes para formar palabras. De no saber juntarlas y formar oraciones. Ya me da igual si tienen sentido o no.

Tengo miedo de haber olvidado el hechizo 
que una vez aprendí y que les daba ese toque 
mágico.

Miedo del futuro, del tiempo que me susurra la cuenta atrás hacia lo inexplorado. A no conseguir lo que quiero, todo aquello que he soñado siempre. Al conejito blanco que me señala el segundero sacudiendo la cabeza y cuyos ojos rojizos se clavan en cada movimiento que hago, ralentizándome.

Tengo miedo a pasar sin dejar huella, d
e ser una lágrima en el océano, 
un suspiro en el vendaval, 
un alma más 
que conduce el indiferente Hermes al Hades. 
Una que no será salvada.

Miedo al silencio. A quedarme afónica antes de poder decir todo lo que necesito que sea escuchado. Al silencio que me rodea todas las noches, tan espeso que se instala en mis pulmones y se convierte en parte de mi flujo sanguíneo.

Tengo miedo a dejar de oír los latidos de mi corazón, 
de dejar de oír mi respiración, 
de no oír el eco de mis recuerdos. 
De quedarme sorda. 
Y ya no poder escucharme.

Miedo a la soledad, aquella que sale todas las noches de la cajita donde la confiné y se asoma por encima de la cabecera de mi cama, con su mueca de ansia, y me susurra pesadillas que ni el mismo Morfeo puede combatir con su dulce aliento.

Tengo miedo a que mi Peter Pan me abandone y 
que entonces no me quede nada. Ni recuerdos, 
ni cuentos en los que creer, ni sueños con los que 
sobrevolar la ciudad de la realidad, 
ni peluches que me acompañen.

Miedo a perder esa magia que alguien se encargó de darme, que sé que se encuentra en cada sonrisa que esbozo, en cada rizo que rebota, en cada mirada sorprendida que dirijo al mundo.

Tengo miedo a perder la capacidad de hacerlos 
sonreír y no poder ser parte de esa felicidad. 
A que me necesiten y no pueda darles lo 
que me piden. A que no me necesiten.

Miedo a enamorarme. A que el corazón me lata tan rápido que salga por mi boca y eche a correr hacia el horizonte y no vuelva. Ni una vez cada diez años. A que jamás haga eso, y que se quede anclado en mi pecho, sin que vientos favorables hinchen sus velas. Sin que haya dioses a los que hacer sacrificios para que sus bocas susurren frescas corrientes de aire que lo hagan latir.

Tengo miedo de mí. Del yo que quiere acabar 
conmigo misma. Aquella que sólo desea 
verme fluir fuera de mí hasta que no quede más que 
nada.

Miedo al mundo real. A que no sea como me lo he imaginado, como me han hecho creer. O peor. A que sea tal y como me lo he imaginado, porque ya no podré sorprenderme. ¿Qué me quedará entonces?

Tengo miedo a recordar. A saber lo que pasó. 
A no superarlo. A no poder seguir adelante. 
A tener conciencia de en qué me ha convertido. 
De no recibir jamás una disculpa.

Miedo a la oscuridad. A mis monstruos. A no poder combatirlos con mi espada de plástico. A la gente. A cómo me ven. A cómo soy. A cómo no soy. A cómo quiero ser.
A perderlos.
A perderme.
Y no volver a encontrarme jamás.

miércoles, 30 de mayo de 2012



Odio esa sensación.
Esa sensación que hacía cientos de días que no me visitaba para quedarse.
¿Por qué la invitaste?
No tenías derecho.
No lo tienes.
¿O sí?

domingo, 6 de mayo de 2012

Espontánea como los del Sturm und Drang;

Amenizará mi noche mientras intento que Morfeo bese mis labios y su aliento apalabrado juguetee con mis tímpanos.














Ahora M juguetea con los dioses griegos.
¿Capaz o incapaz?

martes, 10 de abril de 2012

Desahogos.

Me gritas. Me gritas porque sí, por estupideces que para mí no tienen sentido. No me dejas hablar. Callas mis palabras con las tuyas, haciendo lo que dices que yo trato de hacer. ¿Es que no te escuchas? Dirás que hablo mucho, que no callo, pero es que tengo demasiadas cosas que contar. Contar mi minuto a minuto, ser transparente, eso es lo que trato de hacer. Yo no debo callar: tú debes empezar a escuchar algo que no sea la vibración de tus cuerdas vocales. No puedo más, ¿sabes? Sólo quiero huir, tener a alguien que me lleve a otro lado. Porque de eso también me falta. Necesito respirar otro aire, lejos de este lleno de tensión. 
Necesito huir, necesito a alguien que no me diga "es sólo un bache", "aguanta". Porque el bache es una entrada al mismísimo infierno y estoy atrapada en él. ¿Aguanta? Demasiado he hecho ya. He aguantado todo lo que me ha dado la vida y más. ¿Que tengo que olvidar el pasado? Demasiado difícil cuando tu pasado es tu presente y tu futuro, cuando no te puedes librar de él, cuando está incrustado en lo más hondo de tu alma. Huir es lo que quiero, lo que deseo, lo que necesito.
Pero no quiero huir sola, no. Quiero a alguien que no me diga todo lo que me han dicho. Quiero que me diga "sí, es una mierda, pero aquí estoy yo; juntos podremos". Y que sea verdad. Quiero alguien que no me prometa el cielo o la tierra, sino que me acompañe a surcarlos. Demasiada gente ha abandonado ya el barco de papel que intenté crear hace años. Ya está demasiado mojado, y sus colores se disuelven en el agua que me rodea y que cae de mis ojos. 
Soy una superviviente, pero llevo más de siete años a la deriva, y eso no lo aguanta ningún hijo de mortal. No me creo especial, porque eso sería echarme demasiadas flores, y soy alérgica al polen. Una que a veces juega a que lo es, y luego recoge todos los juguetes y los mete en el armario de manera desordenada. Soy una cualquiera, una que pasa desapercibida, y agradece eso. Una que simplemente sabe elaborar frases con sentido, pero que toman la importancia que tú quieras darle.  Al fin y al cabo, las palabras se las lleva el viento. ¿Entonces qué me queda? El recuerdo, el dolor, mis rizos rebotando contra mi cuello.
Y ya está. Eso es todo lo que puedo ofrecer al mundo. Mis ojos no tienen el brillo de antes, los de esa niña que sonreía a la cámara con una mueca desdentada. La misma que ahora aferra a su peluche favorito por las noches, deseando que sea una máquina del tiempo, deseando que se le permita cambiar el pasado, porque cambiar el futuro no podría ser tan malo. La misma que no quiere abandonarme. La que no quiero que me abandone. A la que llamo todas las noches para que venga a contarme cuentos de hadas, esos que me encantaría creer y que para ella son una realidad. Para que me intente devolver la ilusión que tenía de encontrar al bandido que siempre aparecía en sus sueños y le robaba el corazón. Aquellos que mi imaginación creaba siguiendo los dictados de mis ojos que devoraban las palabras que otros escribían. ¿Ahora? Ahora no existen bandidos, ni príncipes, ni ogros. Están todos escondidos en casa de la bruja de Hansel y Gretel, burlándose de mi ingenuidad y tomando el té. Ahora mis ojos no están hambrientos de palabras, todas parecen tan vacías. Incluso las mías. Me han abandonado. Igual que el amor. ¿Qué es eso? ¿Existe? Yo he dejado de creer en él. Si existe, se parece al lado oculto de la luna: muy pocos han podido verlo. ¿Y siendo sincera? Ahora mismo no me importa lo que esté haciendo Cupido. Sólo necesito que mantenga su carcaj lejos de mí y que deje de jugar a atarme los cordones de mis viejas Converse para hacerme caer.
¿Y qué hago? ¿Qué busco? Ni yo misma lo sé. Hay una nostalgia instalada en el fondo de mis calcetines de rayas, esos que nunca me he quitado. Esos que ya no me hacen sonreír como antes. Esos que ahora están empezando a deshilacharse. Esos que me recuerdan tiempos mejores. ¿O eran peores? Aún no sé cuándo cayó la venda de magia que cubría mis ojos. No sé cuándo me di cuenta de que había crecido, que mi capa invisible me quedaba pequeña, que mi desiluminador ya no funcionaba, que los cuentos de Beedle el Bardo parecían estar escritos por un niño de tres años, de que mi lengua era incapaz de pronunciar hechizo alguno. No sé cuándo me di cuenta de que vivía en la realidad. Cuándo desperté de mi sueño. Al menos no dolió tanto, pero las tiritas de Caillou que cubren mis heridas se están cayendo. No hay pegamento alguno que pueda cerrarlas del todo.
¿Y ahora? Sigo haciéndome la misma pregunta. ¿Y ahora? Ahora no sé si seguir adelante, si quedarme por el camino o si desviarme de él. La brújula que me dio Jack Sparrow no sabe hacia dónde dirigirme. Mi bola 8 me responde a todo no sé. Mi corazón dice que haga caso al cerebro. El cerebro al corazón. Estoy sola, como si alguien jugara conmigo a la gallinita ciega. Y puede que vea la luz al final del túnel, pero temo que sea simplemente un espejo que refleje la que estoy sosteniendo yo. Y que cuando llegue al final esté yo sola, devolviéndome una mirada de reproche.
Ojo contra ojo.



lunes, 9 de abril de 2012

Tarde shakespiriana

"He oído hablar mucho de vuestros afeites y embelecos. La naturaleza os dio una cara y vosotras os hacéis otra distinta."
Hamlet, William Shakespeare
Rick Genest



No me he mudado, tan sólo me he comprado otro pisito.
Podrías pasar a echarle un vistazo.
El agua es gratis.



jueves, 1 de marzo de 2012

True story

"Cualquier persona que haya pasado lo que tu en el terreno personal y siga en pie es fuerte como una roca. Porque es muy triste. Porque es verdad, veo que la gente no te ve en tu totalidad. No sé si es porque entre nosotras hay esa química o porque pasan de intentarlo. Y es muy, muy triste saber lo que se pierden. Te quiero un montón y lo sabes, tía. Sería estúpido no recordarte que eres completamente... outstanding. En todos los sentidos. Porque eres una persona llena de sentimientos. Y se ve a la legua. Por eso te digo, no deberías esconderte, ¡no tienes razones! El miedo es una mierda y la inseguridad es otra, pero pasito a pasito, que por experiencia te digo que se puede, unos ámbitos son más fáciles de cambiar y otros cuestan una vida. 
Pero si quieres, puedes."




¿Sabes qué, Martu? Que puede que tengas razón.
Me has descubierto.
Gracias.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Happy [late] Valentine

Camina a paso lento por la calle, al ritmo de la música que resuena en sus oídos. Se mueve entre la gente, entre parejas, entre sonrisas. Esquiva besos lanzados al aire, miradas que buscan el amor verdadero. El aire se perfuma de cariño, en ocasiones con un pequeño matiz de desesperación. El sabor salado de lágrimas de soledad, mezcladas con el toque dulce del chocolate y el diálogo de una película romántica la sorprenden cuando pasa por delante de algún edificio. Un cosquilleo se instala en su mano derecha, y el bolígrafo parece querer saltar de su bolsillo. El cuaderno, en su mochila, comienza a pesar tanto que puntadas de dolor le recorren la espalda. Los cascos saltan de sus oídos, por donde penetra el sonido de las risas, las palabras de amor que se enredan entre las sábanas blancas de alguna cama y los suspiros de esperanza que viajan en las pequeñas ráfagas de viento endulzadas que revuelven los sentimientos de muchos de los que están allí.

Ella también suspira. Hace un alto en el camino. Se sienta en un banco, sola, y saca su viejo amigo, el cofre de sus tesoros. Escoge una página en blanco, una de tantas y, con tinta oscura como la sangre comienza a convertir a personas, sentimientos, matices, colores, perfumes, besos, palabras, caricias, en palabras, frases. Sus ojos castaños y cristalinos tratan de no perder detalle, viajando del blanco del papel al colorido de las escenas que se suceden ante ella. Cuando llega al final de la página, para. Relee. Cientos historias diferentes. Cientos de historias con algo en común: en ninguna de ellas hay príncipes azules, violetas, rojos o verdes. No hay sapos, ni brujas, ni dragones que vencer. No hay pócimas mágicas, manzanas envenenadas, hechizos o maleficios. No hay princesas, ogros verdes, asnos parlantes o galletitas de jengibre con vida propia. No existen torres infranqueables, ladrones tiernos o delincuentes de posadas mugrientas que cantan al ritmo del piano. No existen besos milagrosos que devuelven la vida. Por no existir, puede que no exista un "y vivieron felices para siempre".
Cierra el cuaderno. Se levanta. Se coloca los cascos. La música inunda cada resquicio de su cuerpo, cada nervio se relaja, hermosas palabras dirigidas a nadie en concreto inundan su cerebro. Se pone en marcha.
Una tableta de chocolate, diálogos de película y una manta le esperan en casa.

Sonríe.

¿Quién dijo que la soledad era mala?

martes, 24 de enero de 2012

Desvaríos de un genio

-El artista aquí es Aarón Barreiro Moreno, escritor, compositor, músico y miles de atribuciones más que no voy a poner que me echan de aquí. 

+¿Hay algún psicólogo en esta sala? ¿Sí? Por favor, es un caso muy urgente...

-¿Hay algún médico? CREO QUE DELIRA. Recétele una buena dosis de realidad, doctor, que está ciego.

+Señorita, ya he llegado. Estoy aquí para lo que disponga. Déjeme que inspeccione... Creo que ya basta. Aquí la única loca es usted señora, queda usted detenida por delirar públicamente para poder crear relatos tan deliciosos y perjudiciales para nuestra sensibilidad. NOS DESNUDA CON SUS PALABRAS; ¡A POR ELLA!

-¡ESTO ES UNA CONSPIRACIÓN CONTRA MI PERSONA! Apenas logro que mis sintagmas posean un sentido emocionante, me queda demasiado camino por recorrer, miles de empresas que emprender. Señoría, me declaro inocente, el culpable es él, ese gran genio de la música que se hace llamar Aarón Barreiro Moreno el que es culpable de hacer que mis oídos se estremezcan de placer cada vez que hace vibrar el aire con deliciosas notas musicales. ¡Y no solamente a mí! Tengo testigos de dicho suceso maravilloso: Andrea Acosta Sánchez, y vos mismo, señoría, si prestárais atención unos minutos, unos segundos, lo entenderíais. Dejad que tan sólo una nota se cuele en vuestro sistema neurológico, que una frase haga mella en su cerebro. Sólo eso. Y sabrá cuán equivocado estaba el demandante por afirmar tales disparates. Ese demandante que será mi modelo a seguir.
Únicamente soy culpable de admirarle. 
Eso, sin duda.
Fin del alegato de defensa.

domingo, 22 de enero de 2012

Tic, tac, time is running. Say it before it's too late.

- Hasta siempre.

Silencio. 

Sólo se oía un sordo tic tac que venía de aquel reloj blanco de pared.
Unos golpes acompasados que provenían de mi pecho lo acompañaban, aunque a veces se fuesen de tiempo y se acelerasen con cada caricia, cada palabra.

La esperanza puede ser destructiva.

miércoles, 18 de enero de 2012

Just around the riverbend.

Necesito un sauce llorón como el de Pocahontas que me aconseje qué hacer en todo momento, que complete lo que quiero decir con la mirada y que no me atrevo a pronunciar. 

Necesito un viento que me empuje, para poder empezar a moverme. 

Reacciona.

lunes, 9 de enero de 2012

Cuaderno de notas

Una vez prometí que no dejaría de soñar mientras tuviera papel, un bolígrafo y voz. Porque las palabras se las lleva el viento. Se las lleva a lejanos parajes donde, con suerte, tal vez haya alguien para escucharlas. Y, con mucha más suerte, habrá quien las convierta en grafías.
Pero yo me he quedado sin tinta, los árboles que me rodeaban ya no existen, mis labios están paralizados y mis oídos, sin vida.
Ahora tan sólo me queda esperar.



Para ti, mi pequeña artista.