About Me

miércoles, 15 de febrero de 2012

Happy [late] Valentine

Camina a paso lento por la calle, al ritmo de la música que resuena en sus oídos. Se mueve entre la gente, entre parejas, entre sonrisas. Esquiva besos lanzados al aire, miradas que buscan el amor verdadero. El aire se perfuma de cariño, en ocasiones con un pequeño matiz de desesperación. El sabor salado de lágrimas de soledad, mezcladas con el toque dulce del chocolate y el diálogo de una película romántica la sorprenden cuando pasa por delante de algún edificio. Un cosquilleo se instala en su mano derecha, y el bolígrafo parece querer saltar de su bolsillo. El cuaderno, en su mochila, comienza a pesar tanto que puntadas de dolor le recorren la espalda. Los cascos saltan de sus oídos, por donde penetra el sonido de las risas, las palabras de amor que se enredan entre las sábanas blancas de alguna cama y los suspiros de esperanza que viajan en las pequeñas ráfagas de viento endulzadas que revuelven los sentimientos de muchos de los que están allí.

Ella también suspira. Hace un alto en el camino. Se sienta en un banco, sola, y saca su viejo amigo, el cofre de sus tesoros. Escoge una página en blanco, una de tantas y, con tinta oscura como la sangre comienza a convertir a personas, sentimientos, matices, colores, perfumes, besos, palabras, caricias, en palabras, frases. Sus ojos castaños y cristalinos tratan de no perder detalle, viajando del blanco del papel al colorido de las escenas que se suceden ante ella. Cuando llega al final de la página, para. Relee. Cientos historias diferentes. Cientos de historias con algo en común: en ninguna de ellas hay príncipes azules, violetas, rojos o verdes. No hay sapos, ni brujas, ni dragones que vencer. No hay pócimas mágicas, manzanas envenenadas, hechizos o maleficios. No hay princesas, ogros verdes, asnos parlantes o galletitas de jengibre con vida propia. No existen torres infranqueables, ladrones tiernos o delincuentes de posadas mugrientas que cantan al ritmo del piano. No existen besos milagrosos que devuelven la vida. Por no existir, puede que no exista un "y vivieron felices para siempre".
Cierra el cuaderno. Se levanta. Se coloca los cascos. La música inunda cada resquicio de su cuerpo, cada nervio se relaja, hermosas palabras dirigidas a nadie en concreto inundan su cerebro. Se pone en marcha.
Una tableta de chocolate, diálogos de película y una manta le esperan en casa.

Sonríe.

¿Quién dijo que la soledad era mala?

2 comentarios:

Aimée dijo...

¡Guau! Acabo de descubrir tu blog y me ha encantado. Me he quedado sin palabras con esta entrada. Este blog tiene magia. Te sigo, sin duda. Y ahora mismo me pongo a leer más entradas. ¡Un saludo!

M dijo...

¡Muchas gracias! No sabes lo que me (y nos) alegra oír eso, ¡espero que te guste lo que leas!