About Me

lunes, 11 de junio de 2012

Tengo miedo.



Miedo de haber olvidado cómo juntar las vocales y consonantes para formar palabras. De no saber juntarlas y formar oraciones. Ya me da igual si tienen sentido o no.

Tengo miedo de haber olvidado el hechizo 
que una vez aprendí y que les daba ese toque 
mágico.

Miedo del futuro, del tiempo que me susurra la cuenta atrás hacia lo inexplorado. A no conseguir lo que quiero, todo aquello que he soñado siempre. Al conejito blanco que me señala el segundero sacudiendo la cabeza y cuyos ojos rojizos se clavan en cada movimiento que hago, ralentizándome.

Tengo miedo a pasar sin dejar huella, d
e ser una lágrima en el océano, 
un suspiro en el vendaval, 
un alma más 
que conduce el indiferente Hermes al Hades. 
Una que no será salvada.

Miedo al silencio. A quedarme afónica antes de poder decir todo lo que necesito que sea escuchado. Al silencio que me rodea todas las noches, tan espeso que se instala en mis pulmones y se convierte en parte de mi flujo sanguíneo.

Tengo miedo a dejar de oír los latidos de mi corazón, 
de dejar de oír mi respiración, 
de no oír el eco de mis recuerdos. 
De quedarme sorda. 
Y ya no poder escucharme.

Miedo a la soledad, aquella que sale todas las noches de la cajita donde la confiné y se asoma por encima de la cabecera de mi cama, con su mueca de ansia, y me susurra pesadillas que ni el mismo Morfeo puede combatir con su dulce aliento.

Tengo miedo a que mi Peter Pan me abandone y 
que entonces no me quede nada. Ni recuerdos, 
ni cuentos en los que creer, ni sueños con los que 
sobrevolar la ciudad de la realidad, 
ni peluches que me acompañen.

Miedo a perder esa magia que alguien se encargó de darme, que sé que se encuentra en cada sonrisa que esbozo, en cada rizo que rebota, en cada mirada sorprendida que dirijo al mundo.

Tengo miedo a perder la capacidad de hacerlos 
sonreír y no poder ser parte de esa felicidad. 
A que me necesiten y no pueda darles lo 
que me piden. A que no me necesiten.

Miedo a enamorarme. A que el corazón me lata tan rápido que salga por mi boca y eche a correr hacia el horizonte y no vuelva. Ni una vez cada diez años. A que jamás haga eso, y que se quede anclado en mi pecho, sin que vientos favorables hinchen sus velas. Sin que haya dioses a los que hacer sacrificios para que sus bocas susurren frescas corrientes de aire que lo hagan latir.

Tengo miedo de mí. Del yo que quiere acabar 
conmigo misma. Aquella que sólo desea 
verme fluir fuera de mí hasta que no quede más que 
nada.

Miedo al mundo real. A que no sea como me lo he imaginado, como me han hecho creer. O peor. A que sea tal y como me lo he imaginado, porque ya no podré sorprenderme. ¿Qué me quedará entonces?

Tengo miedo a recordar. A saber lo que pasó. 
A no superarlo. A no poder seguir adelante. 
A tener conciencia de en qué me ha convertido. 
De no recibir jamás una disculpa.

Miedo a la oscuridad. A mis monstruos. A no poder combatirlos con mi espada de plástico. A la gente. A cómo me ven. A cómo soy. A cómo no soy. A cómo quiero ser.
A perderlos.
A perderme.
Y no volver a encontrarme jamás.

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