About Me

lunes, 10 de septiembre de 2012


Querida mamá:

Hoy mi diario se ha enfadado.
En parte lo entiendo. Habíamos hecho un trato. Uno de esos que sellas con una lágrima y un poco de tinta azul. Hace tantos años ya… prometí escribir sólo lo que sentía. Sólo lo malo. Lo oscuro. Como mi caja de Pandora. Y releer todo cada vez que la niña que juega al escondite con mi madurez la llevara. Cada vez que a mí me tocara esconderme en un recuerdo que allí había quedado plasmado por su letra irregular. Y hacerlo en uno que doliese, uno en el que le costara encontrarme. Uno que le hiciera caer para levantarse. Como una vacuna contra la debilidad.
Pero mamá, la última vez que me tocó ser la parte que juega con las sombras, algo cambió. Me dio pena; le costó encontrarme. Quizás demasiado. Yo estaba allí, con aquel recuerdo cubriéndome como una capa de invisibilidad, esperando con la mirada ansiosa para verla aparecer con su pelo corto y sus ojos marrones, ver en ellos la misma expresión que los míos. Y lo hizo. Pero fue justo cuando llegó a mí cuando pude ver que aquello había sido demasiado. Yo me había pasado de la raya, aquella que una vez dibujamos con una tiza que encontramos en aquel patio del colegio y que habíamos guardado con tanto recelo. La que escribió con tinta sobre las hojas de dibujos del pequeño álbum de memorias. Había ido a la parte prohibida de nuestra biblioteca de recuerdos y había estado jugando con los libros de la alquimia más peligrosa.
Y me miró, mamá, me miró con sus ojos llenos de lágrimas. Y con dolor. Entonces miré más allá de ellos. Vi el sufrimiento, vi el cansancio. Y yo también lo sentí, ¿sabes? Y decidimos quedarnos las dos allí, acurrucadas una junto a la otra, en un pequeño rincón, dejando que más y más oscuridad cayera sobre nosotras, intentando ignorarla, simplemente abrazándonos la una a la otra. Justo como tú solías hacer conmigo las noches en que ni mi peluche favorito podía ahuyentar las sombras de las pesadillas. Y nos quedamos allí el tiempo que hizo falta. El tiempo que ella necesitó. El que yo necesité. Y es que jugar durante dieciocho años al escondite cansa más de lo que jamás pude imaginar cuando empezamos.
Pero justo entonces, cuando ya nuestros ojos parecían no tener la fuerza suficiente para abrirse de nuevo, cuando habíamos decidido que aquel estado sería permanente, fue cuando algo nos hizo abrirlos. Mamá, era como el primer día de otoño, ese que tanto nos gusta, en el que el frío se mezcla con el cálido de las hojas de otoño, y una especie de felicidad se instala en tu pecho. Eran ellos. Un grupo de personas, que parecían haber aparecido de la nada, de materializarse junto a nosotras. No podría decirte si habían estado allí el tiempo suficiente como para haber visto cómo nuestras ropas se desgastaban, y nuestro ánimo era engullido por las polillas de la desilusión, pero ahí estaban. Y mamá… le dieron fuerza. Se levantó, dejándome ahí, mirando desde las profundidades de nuestro pozo. Le sacaron una sonrisa. Pero no la que yo había visto en nuestras largas horas de juegos en el patio de la memoria. No. Esta era diferente. Era de verdad. Tenías que ver cómo se le iluminó la cara cuando la primera de ellas se acercó y la alzó en brazos como si no pesara nada, mientras su larga melena rizada le hacía cosquillas en las mejillas, enrojeciéndolas. Y cómo después, tras dejarla en el suelo, uno a uno se acercaron los demás. Al principio pensé en tirar de ella, al verla observarlo todo con perplejidad, con lo que pensé que era una pizca de miedo, para huir como siempre habíamos hecho. Pero entonces la escuché. Antes de poder levantar la vista, mis ojos se llenaron de emoción, mamá. El sonido de su risa. Jamás pensé que volvería a oírlo de esa manera. Tan nítida, tan sencilla, tan compleja, tan suya. Como cuando la sentabas en aquella pequeña hamaquita y le hacías carantoñas. Como las fotos que están colgadas en casa de la abuela.
Corrió hacia mí, con sus pequeños pies topeteando el suelo, haciendo que un ritmo alegre resonara en alguna parte de mi mente. Y me tendió la mano. Su pequeña manita aún regordeta, más cálida y segura que nunca. La miré. ¿Y sabes? Por una vez fui yo la que tuvo miedo. Fui yo la que sólo quería volver a refugiarme en el juego del escondite con los recuerdos. La que quería que sus animales de juguete volvieran a hablarle como no lo había hecho jamás ningún amigo. Que su peluche le proporcionara el calor y el cariño que pensó que nunca recibiría de alguien a quien no le unía ningún lazo de sangre. Pero entonces ella frunció el ceño, haciendo que aquella felicidad de su cara desapareciera. Mamá… en ese momento fue como si el miedo nunca hubiera existido. Sólo quería verla sonreír de nuevo. Entonces alguien más me tendió la mano. Unos dedos alargados, una sonrisa de labios finos y unos ojos castaños que fueron para mí desde entonces mi puerto más seguro. Y fue la que me condujo a los demás.
Miré atrás, mamá. Miré cómo ella, con su pelo corto, su mochila del Rey León rebotando contra su espaldita, con mis ojos y mi pequeña sonrisa corría entre los recuerdos. Sin miedo. Casi sin dolor. Y fue deslizando su mano por ellos, como el que hace rebotar sus dedos contra los barrotes de una verja en la calle. Y de cada uno de ellos, salió un compañero de juegos. Unos que estaba segura que sabrían cuidarla. Que sabrían cuidarme.
Hoy mi diario está enfadado, mamá. Porque he cambiado. Porque no soy capaz de dejar de sonreír, porque tengo esa apisonadora de emoción contenida en el pecho. Porque aún siento cada abrazo que me dieron hace apenas unas horas. Aún escucho cada risa y cada sonrisa. Y lloro, sí. Pero es que ahora las lágrimas son mucho menos amargas, más saladas y claras, como el mar que tanto te gusta. Y es que soy feliz, mamá. Quiero gritarlo. ¡SOY FELIZ! Como jamás lo había sido. Y es gracias a ellos. Y es que no sé si puedo agradecérselo, ni cómo. Sé que me dices que me tome las cosas con calma, que soy muy impulsiva con esto de las amistades. Sé que me he hecho daño muchas veces. Pero es que esto es diferente. Lo siento, ¿sabes? Ahí dentro, en el pecho, en los cachetes, en los deditos de los pies; desde la raíz hasta la punta de mis rizos. En los ojos, que ahora mismo no paran de llenar mis mejillas de felicidad líquida en estado puro. Esa que se acaba de diluir con la tinta del bolígrafo, haciendo una nueva promesa. Una que espero no romper jamás.

Mamá, soy yo.
Por fin.



4 comentarios:

Maria; Judit; Clara dijo...

dios mio*-* irene, escribes muy bien! de verdad, nunca habia leido un texto tan... ¡genial! seria un privilegio que te pasaras por mi blog, me encantaria!! si quieres te dejo el link:) www.dreamsmaycometruemjc.blogspot.com muchos besos!(L) ya te sigo!!

Irenne dijo...

Jajajaja,
Me he quedado en shock al leer el comentario, sobre todo porque yo (Irene) no fui la que escribió la entrada, sino María (que se hace llamar "M"; si te fijas, al final de la entrada pone: Soñado por M, eso significa que es de ella)
Somos dos las que escribimos en el blog, jajaja!
Igualmente, "M" te agradece mucho que te haya gustado tanto la entrada!
Y ten por seguro que ns pasaremos por tu blog!
Muchas gracias de todas formas, jajajaj!
<3

Irenne dijo...

Jajajaja,
Me he quedado en shock al leer el comentario, sobre todo porque yo (Irene) no fui la que escribió la entrada, sino María (que se hace llamar "M"; si te fijas, al final de la entrada pone: Soñado por M, eso significa que es de ella)
Somos dos las que escribimos en el blog, jajaja!
Igualmente, "M" te agradece mucho que te haya gustado tanto la entrada!
Y ten por seguro que ns pasaremos por tu blog!
Muchas gracias de todas formas, jajajaj!
<3

Clara dijo...

aish.. lo siento mucho, ahora soy Clara solo, no sabia que lo había hecho maria! bueno, hoy he venido por hablados de mi blog personal, www.elzoodelsllibres.blogspot.com os qureis pasar? lo podéis seguir, me haría muchísima ilusión!^^

un beso para cada una!<3