About Me

domingo, 30 de diciembre de 2012

Diarios para S


Veinte de julio


Hacía tiempo que no me sentía tan segura. Tan feliz. Tan yo misma. Estábamos los dos allí, sin tocarnos, en silencio. Recuerdo girar mínimamente la cabeza, lo suficiente como para que la visión que captaba el rabillo de mi ojo, pasara a reflejarse en la mitad de mi iris. 
Se le veía tan relajado, tan cómodo... Y yo solo podía abrazarme las rodillas, enfundadas en unas medias negras que escondían mis piernas poco mimadas por el sol, mientras deseaba que también pudieran esconder la sonrisa tonta que parecía no querer abandonarme jamás. Y tratar de mirar solo la pantalla, a pesar de que se reflejara su cara y solo pudiera fijarme en ella, como único personaje de la película.
Y luego pasamos a tumbarnos en su cama. ¿Sabes lo bien que me sentí en ese momento? Los dos allí, sin tocarnos siquiera. Me enrosqué y él pareció acomodarse a esa posición. Hubo un único momento en el que reuní el valor suficiente para tocarle. Rodeé su muñeca con mis cortos dedos y repasé con el borde de mi uña las líneas de tinta que la decoraban. Siempre me llamó la atención aquel simple trazo que parecía contener algo más que pigmentos negros. Y le pregunté por su historia. Y me respondió; a regañadientes, pero respondió. Siempre supe que era como un cristal blindado, y yo no era más que una semilla de diente de león que alguien había hecho volar hasta allí. Pero tenía que intentarlo. Y logré acercarme un poco más.


Treinta de diciembre

¿Dónde está la felicidad que parecía haberse convertido en mi compañera de por vida? Debe ser que pasé a peor vida, y ella quedó atrás. La perdí para siempre, como cualquier oportunidad para deslizarme por una rendija y conocer la parte oscura de su luna. Pero me queda la memoria. La que hace que aquel momento del verano venga a mi mente como una foto hecha por una polaroid. Y me encanta sacarla a escondidas del álbum de recortes en el que se ha convertido mi cerebro, cuando por las noches me siento triste y sola. Y recorrer una y otra vez las líneas tatuadas de su muñeca, sentir el relieve acariciando las yemas de mis dedos, sus ojos marrones sobre los míos y el polvo de sus recuerdos ordenados en las estanterías acariciando mi nariz. Porque parece que nunca lo volveré a hacer. 
Porque ya no está.
Ni él ni yo.

1 comentario:

claire sullivan dijo...

me ha gustado mucho, ¡¡seguid escribiendo!! os lo pido por favor.

un beso enorme<3